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lunes, 7 de julio de 2014

Veinte.


Cuando llegas al instituto, todo el mundo nos obliga a que crezcamos de repente.

Te hablan de sexo por primera vez, te dicen qué usar para que no te contagies de nada, te piden que estudies, que elijas carrera, que seas un adulto, que dejes de ver dibujos, que no juegues con juguetes.
Cuando llegas a los dieciocho te siente invencible. Eres un adulto, puedes hacer todo lo que quieras, he inclusive, siempre hay alguien  que te recuerda que ya puedes ir a al cárcel. Desde el poco trayecto que hay entre el comienzo de los dieciocho y el final de los diecinueve, no notas ninguna diferencia grande, sólo notas que el tiempo ha pasado más deprisa y cuando llegas a los veintiuno, cierras los ojo y crees que tienes dieciocho todavía y siempre, te vas a contestar lo mismo: "Se me ha pasado el tiempo volando,  no sé cómo he llegado a ésta edad."

Cuando llegas a los viente, no piensas que tienes veinte, si no que dentro de nada cumples los treinta y eso te hace madurar de repente, y replantearte muchas cosas.
Podéis comprobar por vuestro alrededor, o mirando Internet, que hay gente que comenzaron una carrera y al llegar a los veinte la dejaron, porque no era eso lo que quería estudiar.
Otros deciden trabajar en lo que pueden para subsistir, mientras deciden a qué dedicarse para toda la vida. Los escritores comienzan a escribir, los que nunca decidieron estudiar, comienzan a estudiar porque han encontrado su vocación en una carrera que descubrieron, los artistas se dedican en cuerpo y alma a vender sus obras, y los músicos se toman más en serio las decisiones que se planteaban antes de lo veinte.

Al llegar a los veinte nos sentimos adultos,  nos echamos años encima como los mayores, y señalamos a los que están por los diecialgo, para decirles que ya crecerán.
Descubrimos que tenemos dos nuevas características que antes no sabíamos que teníamos, la del inconformismo y la del autosuficiente.
Nos conformamos con lo poco que tenemos, y buscamos lo mejor para nosotros mismos. Luchamos, nos manifestamos y nos movemos más que nunca para hacer los sueños que nos quedan realidad, poder vivir de lo que nos gusta y no dejarnos llevar por los que son más grande que nosotros.
Nos hacemos los antisociales. Podemos solos, o eso creemos. Aprendemos cosas que antes no sabíamos y lo hacemos todo solos sin la ayuda de nadie. Aprendemos a ser egoístas para así poder decir: "Ésto me lo he ganado yo solo. Ésto lo he hecho yo solo."

Nos sale la madurez que ni siquiera sabíamos que teníamos. Sobre todo, echamos la vista a atrás. Ya somos padres, tenemos carnet de conducir, se nos ha muerto varios familiares, salimos de fiesta  todas las semanas, elegimos todo lo que tiene que ver con nosotros mismos, hemos trabajado, hemos llevado una casa, nos hemos ido de alquiler, hemos tenido accidentes tanto laborales como domésticos o de carretera, perdemos amigos, dejamos de ver a la gente del instituto, nos vamos a vivir a otra ciudad, otro país, decidimos conocer mundo, irnos de mochileros por todas partes, planeamos viajes con amigos y queremos salir de la ciudad todas las veces posibles, nos deprimimos más que antes, y todo nos parece más grande de lo que es, vivimos responsabilidades nuevas y cada vez tenemos más miedo a fracasar, nos volvemos más selectos y elegimos las cosas ante todo, por nuestro bien.
Tenemos constantes bajadas y subidas en nuestra vida, perdemos amistades como relaciones. Ves menos de lo que deberías a los amigos más cercanos y, a veces, te preguntas quien tiene el fallo, si el malo de la historia son ellos o eres tú.

Pasamos demasiado tiempo solos, nos acostumbramos, y a veces incluso nos gusta, pero otras veces nos abruma. Cada uno elige su camino, y mira el bien propio. Nos preocupa más perder que ganar y no encuentras la fórmula para conservar a las personas que tienes a tu alrededor.
Los adultos nos ven como unos niños y los niños nos ven como unos adultos. Por la calle te llamarán señor chicos que sólo tiene cuatro años menos que tú. Tendrás todo y a la vez nada y querrá cosas que desaprovechaste en su tiempo. Estamos bien y a la vez mal pero, siempre debemos acordarnos de una cosa. Que estamos en el momento idóneo, y que los veinte es el mejor momento para disfrutar y vivir.

2 comentarios:

Furia Tarsartir dijo...

Oleeeee!!!!

Jorge Ampuero dijo...

Entrañables veinte años que no pasan, al menos en el corazón.

Besos.